miércoles, octubre 29, 2014



Un autobús en recorrido monótono cruza esta ciudad. Se acerca a la siguiente parada en la que los pasajeros, ya escasos casi al final de la línea, vislumbran una muchedumbre en las puertas de un centro. El edificio, que ha visto tiempos mejores, tiene algunos cristales rotos y ningún cartel que delate su función; sólo el enjambre de hombres, mujeres y niños armados de sus carritos de la compra avisan al observador atento que se trata de un comedor social. Blancos y negros, musulmanes y cristianos, tal vez algún animista, son esta tarde, en este instante, una misma cosa. No se advierte en ellos ningún atisbo de pobreza en su vestir, son personas como yo, como cualquiera de los que estamos justo ahora atravesando La Sagrera en el 34. Nadie comenta nada mientras el autobús se detiene en la parada. Dos minutos, quizás tres, son suficientes para echar una ojeada a ese espejo en el que muchos nos identificamos por la misma ropa, los mismos andares, peinados semejantes. Mudos miramos y repasamos mentalmente nuestros bolsillos, recontamos vivencias ante el abismo de una posibilidad, del azar que favorece o destruye, los dados echados de la Fortuna, aún favorables, no sabemos por cuánto tiempo, a los improvisados visitantes de un autobús que continúa en recorrido monótono en esta ciudad.