Se cierran los ojos
con la placidez del regreso,
de saberte después de surcar tantas sombras
en tus manos de libélula.
El labio sueña un reposo silente.
No es necesario explicar nada;
uno es lo que es
y no hay más.
El cuerpo anida ya en los brazos
de antiguas raíces
en la tierra hambrienta
que parió mil deseos.
Y yo regreso a ti,
hija de mares y olvidos,
de rutas de ida y vuelta,
de manos vacías, de sí pero no.
Ahora, no importa;
tu boca sabe a olas
y mi lengua, en tu vientre,
siembra sal.
(De Mares online, Ed. Sial, 2008)
Imagen: Soledad Fernández
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